miércoles, 2 de mayo de 2012

Un comienzo como cualquier otro.

Las horas muertas pasan por mi habitación. Siempre me pregunto como es posible que el tiempo permanezca presente en ella con la cantidad de humo de cigarro que flota. Supongo que será porque si tengo que escribir, él tiene que estar presente.

Porque no nos engañemos. No es lo mismo salir a buscar ideas y redactarlas guarramente con lápiz y papel que escribirlas de manera ordenada y precisa en un documento de Open Office (el Word lo tengo sin licencia y no me he molestado en buscar el keygen) en tu cuarto.

En el momento en el que respiras el aire puro (o corrupto de la mierda que soltamos todos los días) el tiempo pasa a una velocidad estable. No lo notas ni el se hace notar. Paseas por las calles de tu ciudad como si nada de lo que vaya a ocurrir en los próximos 20 segundos vaya a afectarte. Simplemente buscas la fuente de inspiración para una hermosa historia. Apuntas en tu papel todo lo que se te pasa por la cabeza... ese hombre lleva peluquín, esa mujer está de 8 meses, ese perro se ha cagado en los zapatos del guardia jurado del Corte Inglés... un sinfín de ideas se agolpan en tu mente dando forma a los pequeños detalles que compondrán la mayor de tus historias. O lo que tu crees que será la mayor de tus historias, porque acto seguido se te ocurre que en vez de escribir un relato de amor e intriga te da por escribir sobre los pantanos de la zona sur de Coslada. Y lo haces, porque eres gilipollas y tu cerebro solo procesa lo que le sale de los mismos en cada momento.
El tiempo va de un lado a otro. Y sin darte cuenta han pasado dos horas y tu sigues ensimismado con las tetas de la rubia del asiento de enfrente del autobús, que más que una historia merecen un monumento.

Lo que quiero decir con esto es que salir a buscar ideas es, como poco, una pérdida de tiempo y una horterada. En mi madriguera tengo todo lo que necesito. Un Acer Aspire con Intel Core i3 que uso para la pornografía y el Facebook. Una silla de madera del Ikea. Un paquete de Camel. Un cenicero hasta arriba de colillas. Una estantería repleta de libros, revistas, periódicos atrasados y heces de tortuga. Una cama deshecha y desvencijada. Y, no menos importante y mucho menos llamativo, un cesto donde arrojo la ropa que cada día voy ensuciando.
En mi cuarto a penas tengo distracciones. La ventana, herméticamente cerrada. Ni un ruido en mi tranquila urbanización. Los vecinos, silenciosos como solo podrían serlo una pareja de ancianos que disfrutan de su jubilación (aunque sus nietecitos me tocan bastante los huevos cuando vienen).
El resto de mi casa solo la uso para echar unas partidas al Fifa cuando estoy demasiado cansado para escribir y para tomarme una cerveza mientras veo cualquier mierda que echen en la televisión. Como y desayuno en el bar, y como apenas ceno, la cocina está tan polvorienta y despejada como cuando llegué.

Resumiendo: Los límites que separan la puerta de mi cuarto al resto del mundo se consideran frontera. Puede que a veces me deprima por ser un chaval de 25 años enclaustrado en un cuchitril de 2 metros cuadrados. Pero en el fondo me la suda bastante. Porque cuando estoy delante de la pantalla de mi ordenador escribiendo líneas, el tiempo vuelve a fluir. Y siento como me abraza y me da fuerzas para seguir avanzando en lo que puede ser la mayor obra jamás creada.
Cuando el tiempo me rodea, se que estoy vivo. Los minutos me acarician, los segundos me mantienen erguido. El gigantesco reloj que cuelga en la pared marca el tiempo que transcurre y yo acompaño el sonido del segundero con las teclas de mi ordenador.

Una vez más, me demuestro a mi mismo que cuando estoy aquí, mi cerebro puede aguantar los envites de mis ansias por salir a la calle y arreglar mi vida. Mi cerebro sabe la verdad, pero yo no voy a darle el placer de salirse con la suya. Me centro en seguir escribiendo y en buscar la manera de hacer que mi vida tenga algún sentido.

Han llamado a la puerta. Volveré después, tengo que abrir y mandar por culo al que esté detrás.

1 comentario:

  1. "....cuando estoy delante de la pantalla de mi ordenador escribiendo líneas, el tiempo vuelve a fluir. Y siento como me abraza y me da fuerzas para seguir avanzando en lo que puede ser la mayor obra jamás creada.
    Cuando el tiempo me rodea, se que estoy vivo. Los minutos me acarician, los segundos me mantienen erguido".
    Creo que vale muchísimo esta manifestación. Toda una declaración de amor de las buenas. Dále duro. Un beso. Miguele

    ResponderEliminar