martes, 11 de diciembre de 2012

Días de reflexión (4)

Sonó la puerta. Me sobresalté, obviamente. Creo que era la primera vez que alguien llamaba a esas horas a mi casa, y es el momento en el que yo solía estar rebuscando en la nevera en busca de una cerveza o una Coca-Cola. Supe al instante que era ella... ¿quién si no? No es que me hubiese olvidado de sus palabras, es que directamente no me había podido creer que tras un encuentro tan lamentable alguien quisiese volver a verme. Si a mi me apetecía poco, imaginaba que a ella nada en absoluto.

Me recompuse del susto y me dirigí a la puerta. Antes de abrir, me asomé a la mirilla, emulando a esos personajes infames de cualquier infraserie que aproximan a tener sesenta años de edad y ser del sexo femenino.
Por supuesto, era ella. Su expresión era inescrutable, cosa que me intranquilizó mucho. Generalmente soy pésimo a la hora de reconocer los significados de los gestos faciales y corporales, hasta el punto de ver llorar a una persona y no tener ni puta idea sobre si está loca de algría o muerta de pena. No tengo Asperger, ni nada por el estilo, pero tal vez esa sea una de las razones por las que el género humano se me daba tan jodidamente mal.

Abrí la puerta.

-Hola - Saludé. Me pareció razonable ser yo el que empezase la conversación

-Hola - Respondió con una sonrisa - Me pareció razonable subir a esta hora, si no tienes inconveniente. ¿Interrumpo algo?

-Para nada. Ya me lo habías comentado y estaba apunto de preparar la cena.

-Bueno, no quiero entretenerte demasiado...

Se quedó callada un momento. Estábamos los dos plantados, el uno frente al otro. Noté que se incomodaba por alguna razón. Su sonrisa empezó a resbalar de su cara.

-Bueno, y ¿que querías? ¿Algo sobre mi antiguo editor, no? - Dije, rompiendo el silencio y empezando a mosquearme. Odio los silencios absurdos.

-¿No vas a invitarme a entrar? - Me cortó. Su sonrisa había desaparecido por completo.

Me quedé petrificado. Una cosa es que tuviese un instante para decirle a una chiquilla que mi ex editor era un gilipollas y otra muy distinta era invitarla a mi apartamento a sentarse y, probablemente, tener una conversacion parcialmente extensa.
Me quedé pensando un momento.

-Bueno... no acostumbro a recibir visitas. Y, la verdad, es que no se para que quieres entrar pudiendo darte el número de Fran aquí, en el rellano.

-La verdad es que esperaba que me invitases a cenar. - Dijo con un descaro que me sorprendió - Mi abuela no tiene mano con la sal y siempre se carga los platos. Ayer le puso tanta a las judías que...

-Pero vamos a ver, niña. ¿Como puedes tener tanta jeta? ¿No ves que nos acabamos de conocer y yo soy un antisocial reconocido? -Le corté, empezando a subir la voz. Me hervía la sangre. Jamás alguien me había pedido entrar en mi piso. Nadie. Ni si quiera los testigos de Jehová que hace 4 años subieron a dar por culo.

-Tu mismo lo has dicho. Nos acabamos de conocer. Lo que significa que vas a conocerme más. Lo que significa que, si quieres que te deje tranquilo, vas a tener que invitarme a cenar. Lo que significa que vas a sonreir, vas a abrir la puerta del todo y vas a permitirme pasar - Repuso ella con naturalidad. Su sonrisa había vuelto y con intereses. Hubiera dicho que estaba apunto de echarse a reir.

-¿Has venido a joder, entonces? ¿Quieres que baje a decirle a tu abuela que su nieta es una pesada y una caradura?

-Puedes hacerlo, pero supongo que dirá que ya soy mayorcita para saber lo que quiero. - Se encogió de hombros - Siempre puedo volver mañana, pero lo voy a hacer durante tu hora de relax.

-No es mi puta hora de relax, son mis 3 únicas horas en las que tengo tiempo para escribir y concentrarme en mi novela. - Me empezaba a doler la cabeza. - Y no tolero que nadie me moleste a propósito. Tu sabrás lo que haces.

Ella hizo un ademán despectivo y me señaló al pecho.

-Te lo tomas demasiado en serio. Muchas personas tienen rituales sagrados y no son tan exageradas como tú. Mi primo Rafa tiene la manía de pasarse 12 minutos exactos en la ducha. Se pone un cronómetro y todo. Cuando éramos pequeños sus padres le obligaban a hacerlo y no se le ha quitado el hábito.

-No tiene nada que ver con eso. - Bufé - Los rituales estúpidos o las rutinas monótonas son muy distintas. Yo, durante esas 3 horas, soy capaz de crear un mundo espectacular. Soy capaz de transformar el tiempo y convertirlo en mi aliado. Dejo que fluya mi mente por las teclas y me esfuerzo de forma sobrehumana por crear un historia distinta, que me guste a mi y que guste al resto. Blasfemo, sudo, me pongo nervioso cuando algo no encaja. Golpeo el armario con furia. Una vez hasta lloré de desesperación y me cargué el monitor en un ataque de ira.
Eso, chiquilla, es tomarse en serio un, por decirlo con tus palabras, "ritual". Y es tan importante para mí como respirar.

Ella me ecuchó muy atenta. Cambió el peso de una pierna a otra y me miró con curiosidad. No le echaba más de veinte años, pero en aquel momento me pareció que tenía más. 

-¿Y cuántas novelas has escrito? - Me preguntó.

-Ésta va a ser mi cuarta. La definitiva, espero.

-¿La definitiva? ¿Que quieres decir?

-Las tres primeras no fueron muy bien. - Me pasé la mano por el pelo. - Por lo visto mi originalidad ha quedado en entredicho. La primera tuvo buena acogida, pero dijeron que las dos siguientes eran muy repetitivas... que cojones, abuchearon hasta la propia portada.

-No las he leido... ¿era una trilogía o algo así?

-Exacto. Una trilogía. Del género fantástico. Supongo que hoy en día cualquier cosa que hagas sobre fantasía que no tenga sexo explícito o una relación amorosa triangular no merece la pena. - Dije apenado. La trilogía de Aik... algún día hablare de ella.

-Me encantaría leerla. - Dijo con entusiasmo. - Desde Memorias de Idhún no he vuelto a coger una sola trilogía por miedo a volver a vomitar.

-¡Exacto! - Exclamé - ¡Ése es el problema! ¡Se le da bombo a las novelas juveniles y ñoñas y no se nos permite escribir sin caer en el tópico!

-Y las buenas sagas se comercializan cuándo sale la serie o la película de marras - Coincidió ella. - Fíjate si no en Canción de Hielo y Fuego. Hasta que no salió la serie, no había Dios que no fuese un auténtico friki de la épica fantástica que hubiese leido uno solo de los libros. Ahora, voy por el metro y no dejo de encontrarme gente pasando las páginas de tres en tres y aburridos con Juego de Tronos.

Nos reimos. Exacto, nos reimos. Los dos. Me reí. Hacía meses que no reía con alguien fuera del trabajo.

viernes, 7 de diciembre de 2012

Días de reflexión (3)

Nunca he tenido lo que se conoce como una "cita". Por supuesto, he conocido mujeres. Alguna relación esporádica. Un romance lejano con una mujer a la que acabé desquiciando y con la que acabé esquiciado. Polvos de medio pelo en los baños del centro comercial durante la adolescencia...

Pero jamás se ma habría ocurrido pedirle a una chica quedar los dos solos en un sitio determinado a una hora fijada. Lo cierto es que no tengo ni puta idea del protocolo que hay que seguir en estos casos. Y, sinceramente, aun no se si voy a asistir. ¿Quien cojones me manda ponerme en esta situación? Yo me dedico a escribir y a dejar a la gente en paz. Y, por norma general, me gusta que el resto de la gente haga lo mismo conmigo. Si no de manera premeditada, si por respeto a mis hábitos y a mis costumbres más propias de un autista que de un joven normal y corriente. Los que dicen que me concen saben que cuando estan a solas conmigo no van a pasar un buen rato. Y yo lo entiendo bastante bien, la verdad.

Pero ella me descoloca por completo. La conocí hace dos meses y ya ha logrado joderme una rutina que tardé años en conseguir. Después de aquel infausto primer encuentro a las puertas de mi casa, cumplió su promesa y volvió.

viernes, 4 de mayo de 2012

Días de reflexión (2)

Iré al grano. Sin florituras. Sin rodeos. Sin símiles ni metáforas empalagosas. Sin sentimientos encontrados y un chispazo de complicidad. Esas mierdas solo pasan en la novela que estoy escribiendo y ahora estoy hablando de mi vida.

Una tía espectacular estaba al otro lado de la puerta. No una tía cualquiera. He estado con mujeres, algunas atractivas, otras no tanto. Pero jamás en mis 25 años de vida había visto algo parecido. La chavala en cuestión era muy morena de piel. El pelo largo y liso. Las tetas perfetamente redondeadas (sin wonderbra, que tengo muy buen ojo para eso). Las piernas enfundadas en unos vaqueros de pitillo me hicieron babear al instante. No es que sea un tío baboso en exceso, pero si digo que es la tía mas espectacular que me he echado a la cara es porque es cierto. De cara podríamos decir que en aquel momento me fijé en los ojos. Nada especial, marrones y brillantes. Pero es que su espectacular sonrisa no la ví hasta más adelante. Cosa lógica, ya que mi cara de loco debió de haberla sorprendido un tanto. Por no decir que la había acojonado.

La chavala se quedó paralizada ante mi puerta. Al principio pensé en que era una testigo de Jeovhá buenorra por el libro que llevaba en la mano. Pero acto seguido me quité la idea de la cabeza. Además, tuve que recomponer mi semblante y pasar al estado "indiferencia fingida", que había pasado del rictus más despreciable que puedo poner a la expresión de gilipollas más absoluto que se pueda imaginar.
Entre el repaso que le dí con la mirada, las tres caras y el vistazo al libro que llevaba pasaron cinco segundos. Parecerá poco cuando se lee, pero cuando se vive se podría decir que la pobre niña estaba jodidamente incómoda.

-¿Que quieres? - le espeté repentinamente. Ya me había recompuesto y la mala leche empezaba a crecer desde cero en mi interior.

Su gesto, que había pasado de agradable (incluso creo que la chica estaba sonriendo antes de verme el careto) a perplejo, se endureció.

-Ya me había dicho mi abuela que eres un borde - Replicó. Su voz me sorprendió. Era bonita sin ser demasiado aflautada - No quería molestarte, pero...

- ¿Que te había dicho tu abuela qué? - Le interrumpí. - ¿Acaso no tiene ni puta idea tu abuela de la hora qué es? ¿Acaso...?

- ¡Oye, niñato, a mí no me grites que sólo he venido a pedirte una cosa!

Me quedé perplejo ante semejante grito. No sólo me interrumpía al comienzo de mi momento de relax, sino que encima se ponía chula. Y me interrumpía. Y me...

Levantó las manos antes de que yo pudiese decir nada.

- Oye, oye. Espera. Un segundo solo. Por favor. Hablo un momento, te digo lo que tengo que decirte y te dejo en paz.

Lo dijo muy rápido. Lo suficientemente rápido y firme como para que no la interrumpiese. Su cara era un poema. Mientras me gritaba, noté una chispa de ira en sus ojos, pero ahora los notaba con un brillo diferente... ¿diversión? Fuera lo que fuera, me sorprendió tanto su fuerza y su rapidez que no tuve más remedio que suspirar y asentir.

- Pero primero dime quien cojones es tu abuela - Puntualicé. Ya que me molestaban, quería saber a quien descargar mi ira después.

Ella no cambió el gesto serio, pero tampoco dejaron de brillar sus ojos.

- Mi abuela es Gracia, la del 3ºB. Llevo aquí dos días con ella porque en M...

- Vale, vale, suficiente. Dime que quieres y después te abres. - Le interrumpí de nuevo. Me encantaba hacerselo a la personas, a pesar del odio que sentía por los que me lo hacían a mí.

Sus ojos volvieron a endurecerse y perdí el contacto visual con ella. Ahora miraba a un punto entre mi nariz y mi boca. No lo supe a ciencia cierta.

- Me ha dicho que tu encontraste editor hace poco. Que lo pregonaste a los cuatro vientos pero que después lo dejaste porque querías ser autosuficiente con tus letras. También dice que él fue el que te mandó a paseo porque eras inaguantable... yo no me lo creía hasta ahora, claro - otra vez volvió a hablar con ese tono firme y rápido. Yo escuchaba su voz embelesado - pero ya veo que su suposición no está muy desencaminada. El caso es que querría saber si tu antiguo editor podría echarle un ojo a algo que estoy escribiendo o que si tú podrías buscar a alguien conocido. Se que es repentino, pero quería empezar conociéndote y... - Perdió fuelle y por fin pude interrumpirla.

- Oye, vamos a ver, no se qué te habrán dicho de mí, pero a parte de ser poco caritativo, egocéntrico y bastante anti-sociable, durante las seis y las nueve de la tarde no se me puede molestar. De ninguna de las maneras. A si que, si me disculpas, me vuelvo a mis cosas. Si he sido borde, pues te jodes y bailas bonita. Aquí en Madrid sobran las gilipolleces y los buenos modales e intenciones están infravalorados. Por mí, el que más. A si que puerta - Concluí con una sonrisa de suficiencia que podría haber tumbado al tío más agradable.

Esperaba otra reacción. Esperaba una mirada de desprecio, un insulto, una retirada a tiempo de su parte... e incluso fantaseé con un bofetón. Siempre me han gustado los finales dramáticos y este encuentro daba para un par de capítulos de telenovela.
Pero si digo que las casualidades no existen... es que no existen. Alguien ha mandado a esta niña a joderme la vida.

Porque la muy hija de puta se rió. Y su risa me puso los pelos de punta. Se tapaba la boca con la mano y se apoyaba en la pared del rellano con la otra, las carcajadas saliendo de sus labios y el cuerpo tembloroso e inestable.

Atónito, ví como se recomponía, se enjuagaba una solitaria lágrima que salió de su ojo derecho y me sonrió. De manera sincera. Con los ojos y con la boca, repleta de dientes blanquísimos y perfectamente formados. La sonrisa más bonita que he visto en mi vida.

- ¡Ay, la Virgen! Eres mejor de lo que esperaba... ay... bueno, señor metodista, me pasaré por aquí a las nueve y media. Así seguro que te pillo en mejor momento... - dijo entre risas ahogadas.

Yo seguía plantado en el resquicio de la puerta con la misma cara de gilipollas que se me había quedado nada más verla por primera vez. Ella me guiñó un ojo y bajó las escaleras.

Tardé varios minutos en moverme de sitio.

Días de reflexión (1)

Con todo lo que he pasado en la vida, he llegado a la conclusión de que las casualidades no existen. Todo lo que ocurre se debe a un plan divino que parece tiene objetivo de putearme y hacerme la vida imposible.
La gente dirá que a veces las cosas simplemente pasan, que aparecen de repente y te trastocan la vida, ya sea para mal o para bien. Pero lo que no entienden es que detrás de esa casualidad existe una causalidad.
Pongamos como ejemplo lo que me ocurrió anteayer a eso de las 19:00 y las consecuencias que ha tenido.

Me encontraba yo actualizando este blog (o más bien, estrenándolo) y pensando nuevas ideas para continuar mi novela cuando llamaron a la puerta. Pocas veces he tenido tantas ganas de darle una buena hostia a alguien. Si algo he dejado claro en mi vida es que de 18:00 a 21:00 no se me puede molestar. No se si será un trastorno obsesivo o es que yo soy más excéntrico de lo que pienso, pero esas tres horas que transcurren por la tarde son mi momento de paz. Llego reventado del bar, me siento a hacer mis cosas y, metódicamente, a la hora exacta me abro la cajetilla de Camel y me siento delante de mi ordenador a fumar, pensar y escribir.

Desconecto el teléfono, apago el móvil y me tomo el café solo con galletas María sin que nadie me de por saco. Las tres veces contadas que he recibido molestias durante mi, llamemoslo "remanso de paz", han sido intencionadas. Y las tres han acabado mal. Con gritos, discusiones y, en una ocasión, un buen puñetazo. Los pocos lazos afectivos que siento hacia las personas cercanas disminuyen gradualmente y una de las razones son mis manías extravagantes. Puedo admitirlo y sentirme culpable por mi pragmatismo y mi falta absoluta de tacto hacia las personas que me irritan (cosa bastante sencilla) pero mis tres horas de tranquilidad no tolero que me las roben.

Por esa razón, me imaginaba que la persona que estaba detrás de la puerta de casa sería mi ex, mi padre o algun vendedor con ansias homicidas.

Me levanté de mi silla con los puños apretados y los ojos echando chispas. El café, humeante y recientemente azucarado, me llamaba como una vieja amante que has estado recordando toda la vida. Pero ante todo soy un tío educado y me dirigí a la puerta de mi casa con la intención de mandar a la mierda y cagarme en los muertos de todo ser viviente que hubiese detrás. Me daba igual si era un pobre imbécil extraviado o alguna de mis escasas amistades tratando de sacarme de mi miserable vida.

Y con ese sentimiento de mala uva y ganas de estrangular, abrí la puerta esgrimiendo mi mejor mueca de desprecio y odio. Y al segundo me arrepentí de haberlo hecho.



miércoles, 2 de mayo de 2012

Un comienzo como cualquier otro.

Las horas muertas pasan por mi habitación. Siempre me pregunto como es posible que el tiempo permanezca presente en ella con la cantidad de humo de cigarro que flota. Supongo que será porque si tengo que escribir, él tiene que estar presente.

Porque no nos engañemos. No es lo mismo salir a buscar ideas y redactarlas guarramente con lápiz y papel que escribirlas de manera ordenada y precisa en un documento de Open Office (el Word lo tengo sin licencia y no me he molestado en buscar el keygen) en tu cuarto.

En el momento en el que respiras el aire puro (o corrupto de la mierda que soltamos todos los días) el tiempo pasa a una velocidad estable. No lo notas ni el se hace notar. Paseas por las calles de tu ciudad como si nada de lo que vaya a ocurrir en los próximos 20 segundos vaya a afectarte. Simplemente buscas la fuente de inspiración para una hermosa historia. Apuntas en tu papel todo lo que se te pasa por la cabeza... ese hombre lleva peluquín, esa mujer está de 8 meses, ese perro se ha cagado en los zapatos del guardia jurado del Corte Inglés... un sinfín de ideas se agolpan en tu mente dando forma a los pequeños detalles que compondrán la mayor de tus historias. O lo que tu crees que será la mayor de tus historias, porque acto seguido se te ocurre que en vez de escribir un relato de amor e intriga te da por escribir sobre los pantanos de la zona sur de Coslada. Y lo haces, porque eres gilipollas y tu cerebro solo procesa lo que le sale de los mismos en cada momento.
El tiempo va de un lado a otro. Y sin darte cuenta han pasado dos horas y tu sigues ensimismado con las tetas de la rubia del asiento de enfrente del autobús, que más que una historia merecen un monumento.

Lo que quiero decir con esto es que salir a buscar ideas es, como poco, una pérdida de tiempo y una horterada. En mi madriguera tengo todo lo que necesito. Un Acer Aspire con Intel Core i3 que uso para la pornografía y el Facebook. Una silla de madera del Ikea. Un paquete de Camel. Un cenicero hasta arriba de colillas. Una estantería repleta de libros, revistas, periódicos atrasados y heces de tortuga. Una cama deshecha y desvencijada. Y, no menos importante y mucho menos llamativo, un cesto donde arrojo la ropa que cada día voy ensuciando.
En mi cuarto a penas tengo distracciones. La ventana, herméticamente cerrada. Ni un ruido en mi tranquila urbanización. Los vecinos, silenciosos como solo podrían serlo una pareja de ancianos que disfrutan de su jubilación (aunque sus nietecitos me tocan bastante los huevos cuando vienen).
El resto de mi casa solo la uso para echar unas partidas al Fifa cuando estoy demasiado cansado para escribir y para tomarme una cerveza mientras veo cualquier mierda que echen en la televisión. Como y desayuno en el bar, y como apenas ceno, la cocina está tan polvorienta y despejada como cuando llegué.

Resumiendo: Los límites que separan la puerta de mi cuarto al resto del mundo se consideran frontera. Puede que a veces me deprima por ser un chaval de 25 años enclaustrado en un cuchitril de 2 metros cuadrados. Pero en el fondo me la suda bastante. Porque cuando estoy delante de la pantalla de mi ordenador escribiendo líneas, el tiempo vuelve a fluir. Y siento como me abraza y me da fuerzas para seguir avanzando en lo que puede ser la mayor obra jamás creada.
Cuando el tiempo me rodea, se que estoy vivo. Los minutos me acarician, los segundos me mantienen erguido. El gigantesco reloj que cuelga en la pared marca el tiempo que transcurre y yo acompaño el sonido del segundero con las teclas de mi ordenador.

Una vez más, me demuestro a mi mismo que cuando estoy aquí, mi cerebro puede aguantar los envites de mis ansias por salir a la calle y arreglar mi vida. Mi cerebro sabe la verdad, pero yo no voy a darle el placer de salirse con la suya. Me centro en seguir escribiendo y en buscar la manera de hacer que mi vida tenga algún sentido.

Han llamado a la puerta. Volveré después, tengo que abrir y mandar por culo al que esté detrás.