viernes, 4 de mayo de 2012

Días de reflexión (2)

Iré al grano. Sin florituras. Sin rodeos. Sin símiles ni metáforas empalagosas. Sin sentimientos encontrados y un chispazo de complicidad. Esas mierdas solo pasan en la novela que estoy escribiendo y ahora estoy hablando de mi vida.

Una tía espectacular estaba al otro lado de la puerta. No una tía cualquiera. He estado con mujeres, algunas atractivas, otras no tanto. Pero jamás en mis 25 años de vida había visto algo parecido. La chavala en cuestión era muy morena de piel. El pelo largo y liso. Las tetas perfetamente redondeadas (sin wonderbra, que tengo muy buen ojo para eso). Las piernas enfundadas en unos vaqueros de pitillo me hicieron babear al instante. No es que sea un tío baboso en exceso, pero si digo que es la tía mas espectacular que me he echado a la cara es porque es cierto. De cara podríamos decir que en aquel momento me fijé en los ojos. Nada especial, marrones y brillantes. Pero es que su espectacular sonrisa no la ví hasta más adelante. Cosa lógica, ya que mi cara de loco debió de haberla sorprendido un tanto. Por no decir que la había acojonado.

La chavala se quedó paralizada ante mi puerta. Al principio pensé en que era una testigo de Jeovhá buenorra por el libro que llevaba en la mano. Pero acto seguido me quité la idea de la cabeza. Además, tuve que recomponer mi semblante y pasar al estado "indiferencia fingida", que había pasado del rictus más despreciable que puedo poner a la expresión de gilipollas más absoluto que se pueda imaginar.
Entre el repaso que le dí con la mirada, las tres caras y el vistazo al libro que llevaba pasaron cinco segundos. Parecerá poco cuando se lee, pero cuando se vive se podría decir que la pobre niña estaba jodidamente incómoda.

-¿Que quieres? - le espeté repentinamente. Ya me había recompuesto y la mala leche empezaba a crecer desde cero en mi interior.

Su gesto, que había pasado de agradable (incluso creo que la chica estaba sonriendo antes de verme el careto) a perplejo, se endureció.

-Ya me había dicho mi abuela que eres un borde - Replicó. Su voz me sorprendió. Era bonita sin ser demasiado aflautada - No quería molestarte, pero...

- ¿Que te había dicho tu abuela qué? - Le interrumpí. - ¿Acaso no tiene ni puta idea tu abuela de la hora qué es? ¿Acaso...?

- ¡Oye, niñato, a mí no me grites que sólo he venido a pedirte una cosa!

Me quedé perplejo ante semejante grito. No sólo me interrumpía al comienzo de mi momento de relax, sino que encima se ponía chula. Y me interrumpía. Y me...

Levantó las manos antes de que yo pudiese decir nada.

- Oye, oye. Espera. Un segundo solo. Por favor. Hablo un momento, te digo lo que tengo que decirte y te dejo en paz.

Lo dijo muy rápido. Lo suficientemente rápido y firme como para que no la interrumpiese. Su cara era un poema. Mientras me gritaba, noté una chispa de ira en sus ojos, pero ahora los notaba con un brillo diferente... ¿diversión? Fuera lo que fuera, me sorprendió tanto su fuerza y su rapidez que no tuve más remedio que suspirar y asentir.

- Pero primero dime quien cojones es tu abuela - Puntualicé. Ya que me molestaban, quería saber a quien descargar mi ira después.

Ella no cambió el gesto serio, pero tampoco dejaron de brillar sus ojos.

- Mi abuela es Gracia, la del 3ºB. Llevo aquí dos días con ella porque en M...

- Vale, vale, suficiente. Dime que quieres y después te abres. - Le interrumpí de nuevo. Me encantaba hacerselo a la personas, a pesar del odio que sentía por los que me lo hacían a mí.

Sus ojos volvieron a endurecerse y perdí el contacto visual con ella. Ahora miraba a un punto entre mi nariz y mi boca. No lo supe a ciencia cierta.

- Me ha dicho que tu encontraste editor hace poco. Que lo pregonaste a los cuatro vientos pero que después lo dejaste porque querías ser autosuficiente con tus letras. También dice que él fue el que te mandó a paseo porque eras inaguantable... yo no me lo creía hasta ahora, claro - otra vez volvió a hablar con ese tono firme y rápido. Yo escuchaba su voz embelesado - pero ya veo que su suposición no está muy desencaminada. El caso es que querría saber si tu antiguo editor podría echarle un ojo a algo que estoy escribiendo o que si tú podrías buscar a alguien conocido. Se que es repentino, pero quería empezar conociéndote y... - Perdió fuelle y por fin pude interrumpirla.

- Oye, vamos a ver, no se qué te habrán dicho de mí, pero a parte de ser poco caritativo, egocéntrico y bastante anti-sociable, durante las seis y las nueve de la tarde no se me puede molestar. De ninguna de las maneras. A si que, si me disculpas, me vuelvo a mis cosas. Si he sido borde, pues te jodes y bailas bonita. Aquí en Madrid sobran las gilipolleces y los buenos modales e intenciones están infravalorados. Por mí, el que más. A si que puerta - Concluí con una sonrisa de suficiencia que podría haber tumbado al tío más agradable.

Esperaba otra reacción. Esperaba una mirada de desprecio, un insulto, una retirada a tiempo de su parte... e incluso fantaseé con un bofetón. Siempre me han gustado los finales dramáticos y este encuentro daba para un par de capítulos de telenovela.
Pero si digo que las casualidades no existen... es que no existen. Alguien ha mandado a esta niña a joderme la vida.

Porque la muy hija de puta se rió. Y su risa me puso los pelos de punta. Se tapaba la boca con la mano y se apoyaba en la pared del rellano con la otra, las carcajadas saliendo de sus labios y el cuerpo tembloroso e inestable.

Atónito, ví como se recomponía, se enjuagaba una solitaria lágrima que salió de su ojo derecho y me sonrió. De manera sincera. Con los ojos y con la boca, repleta de dientes blanquísimos y perfectamente formados. La sonrisa más bonita que he visto en mi vida.

- ¡Ay, la Virgen! Eres mejor de lo que esperaba... ay... bueno, señor metodista, me pasaré por aquí a las nueve y media. Así seguro que te pillo en mejor momento... - dijo entre risas ahogadas.

Yo seguía plantado en el resquicio de la puerta con la misma cara de gilipollas que se me había quedado nada más verla por primera vez. Ella me guiñó un ojo y bajó las escaleras.

Tardé varios minutos en moverme de sitio.

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