Con todo lo que he pasado en la vida, he llegado a la conclusión de que las casualidades no existen. Todo lo que ocurre se debe a un plan divino que parece tiene objetivo de putearme y hacerme la vida imposible.
La gente dirá que a veces las cosas simplemente pasan, que aparecen de repente y te trastocan la vida, ya sea para mal o para bien. Pero lo que no entienden es que detrás de esa casualidad existe una causalidad.
Pongamos como ejemplo lo que me ocurrió anteayer a eso de las 19:00 y las consecuencias que ha tenido.
Me encontraba yo actualizando este blog (o más bien, estrenándolo) y pensando nuevas ideas para continuar mi novela cuando llamaron a la puerta. Pocas veces he tenido tantas ganas de darle una buena hostia a alguien. Si algo he dejado claro en mi vida es que de 18:00 a 21:00 no se me puede molestar. No se si será un trastorno obsesivo o es que yo soy más excéntrico de lo que pienso, pero esas tres horas que transcurren por la tarde son mi momento de paz. Llego reventado del bar, me siento a hacer mis cosas y, metódicamente, a la hora exacta me abro la cajetilla de Camel y me siento delante de mi ordenador a fumar, pensar y escribir.
Desconecto el teléfono, apago el móvil y me tomo el café solo con galletas María sin que nadie me de por saco. Las tres veces contadas que he recibido molestias durante mi, llamemoslo "remanso de paz", han sido intencionadas. Y las tres han acabado mal. Con gritos, discusiones y, en una ocasión, un buen puñetazo. Los pocos lazos afectivos que siento hacia las personas cercanas disminuyen gradualmente y una de las razones son mis manías extravagantes. Puedo admitirlo y sentirme culpable por mi pragmatismo y mi falta absoluta de tacto hacia las personas que me irritan (cosa bastante sencilla) pero mis tres horas de tranquilidad no tolero que me las roben.
Por esa razón, me imaginaba que la persona que estaba detrás de la puerta de casa sería mi ex, mi padre o algun vendedor con ansias homicidas.
Me levanté de mi silla con los puños apretados y los ojos echando chispas. El café, humeante y recientemente azucarado, me llamaba como una vieja amante que has estado recordando toda la vida. Pero ante todo soy un tío educado y me dirigí a la puerta de mi casa con la intención de mandar a la mierda y cagarme en los muertos de todo ser viviente que hubiese detrás. Me daba igual si era un pobre imbécil extraviado o alguna de mis escasas amistades tratando de sacarme de mi miserable vida.
Y con ese sentimiento de mala uva y ganas de estrangular, abrí la puerta esgrimiendo mi mejor mueca de desprecio y odio. Y al segundo me arrepentí de haberlo hecho.
De puta madre, KM. Dale todo lo duro que puedas, que se te ve el genio (el literario, no la mala hostia de cuando te molestan en tus horas). Me alegro de que Mercedes me haya mandado el contacto. En un segundo, me he trasladado a tu más tierna infancia y, mira tu por donde, chaval, me ha cuadrado que seas escritor y que escribas así. Lo repito, de puta madre, colega. Un beso grandísimo pa ti y pa tu gente, guapo.Miguele
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